En una operación entre sociedades de distintos países, el contrato debe poder leerse en otro idioma sin perder las condiciones negociadas. Quien deba cumplirlo necesita identificar quién está obligado, las obligaciones de hacer, las obligaciones de no hacer y qué excepciones aplican. La traducción debe facilitar esa lectura y mantener el alcance del original.
La Federación Internacional de Lenguaje Claro (International Plain Language Federation) relaciona la claridad con tres tareas del lector: localizar la información necesaria, comprenderla y utilizarla. La redacción, la estructura y el diseño contribuyen a ello. En un contrato, ese criterio invita a revisar cómo se presentan las obligaciones, además de las palabras elegidas.
«La regla fundamental de la claridad consiste en ponerse en el lugar de los lectores: ¿qué les gustaría saber y cómo les gustaría recibir esa información?».
Joseph Kimble, The Proof Is in the Reading (2016), p. 54. Traducción propia.
En una traducción contractual, este enfoque puede orientar la organización de las oraciones y la elección de palabras, conservando las condiciones, excepciones y términos definidos del original.
Cynthia Adams, en un artículo publicado por la American Bar Association, recomienda distribuir las ideas en oraciones manejables, hacer visible quién actúa, evitar expresiones innecesarias y redundancias, y expresar las acciones mediante verbos. Son orientaciones de redacción: contar palabras no sustituye la revisión de una cláusula, y un término técnico puede ser necesario para expresar lo pactado.
Al redactar o revisar el contrato de origen, las partes pueden acordar una formulación más sencilla. Al traducir una versión aprobada, el margen es diferente: una oración puede organizarse conforme a la sintaxis del idioma de destino, pero sus condiciones, excepciones y términos definidos deben conservarse.
Si una expresión parece redundante, por ejemplo, “null, invalid and of no effect”, que puede traducirse como “nulo, inválido y sin efecto alguno”, no corresponde eliminar componentes del original por una preferencia de estilo. Primero hay que determinar su función y, si existe una duda sobre el alcance, consultarla con el equipo responsable. Lo mismo ocurre cuando una excepción admite más de una lectura: la traducción no debe escoger silenciosamente la que resulte más cómoda.
Una traducción puede reproducir fielmente una cláusula y, aun así, dificultar su lectura con expresiones innecesariamente extensas. Este ejemplo hipotético muestra cómo hacer más directa la redacción sin alterar lo que establece el original.
If the Supplier fails to deliver the Goods by the Delivery Date, the Customer may terminate this Agreement by giving written notice to the Supplier.
En el supuesto de que el Proveedor no efectúe la entrega de los Bienes a más tardar en la Fecha de Entrega, el Cliente tendrá la facultad de proceder a la terminación de este Contrato mediante la entrega de un aviso por escrito al Proveedor.
Si el Proveedor no entrega los Bienes a más tardar en la Fecha de Entrega, el Cliente podrá dar por terminado este Contrato mediante aviso por escrito al Proveedor.
“Si” sustituye a “en el supuesto de que”; “no entrega”, a “no efectúe la entrega”; y “podrá dar por terminado”, a “tendrá la facultad de proceder a la terminación”.
La segunda traducción conserva los términos definidos, la fecha límite de entrega y el requisito de aviso escrito al Proveedor. También mantiene la elección del Cliente: puede ejercer su facultad de terminar el Contrato.
La revisión compara la traducción con el documento de origen: sujeto obligado, acción exigida, plazo, condición y excepción. Will, must y shall no se traducen mediante equivalencias automáticas: hay que determinar si la disposición impone una obligación, concede una facultad, establece una condición o describe un hecho futuro. También contrasta los términos definidos y las referencias con el resto del contrato y sus anexos. Cuando una duda requiere una decisión sobre el texto de origen, la planteamos al interlocutor responsable y trasladamos la respuesta a los pasajes afectados.
En 2017, GE News informó que la unidad digital de GE Aviation había sustituido siete contratos heredados, algunos de más de cien páginas, por un contrato único, cuyo borrador inicial tenía cinco páginas, y registraba una reducción del 60 % en el tiempo de negociación. Es un caso de rediseño contractual reportado por GE; no mide el efecto de traducir un contrato ni un resultado de Indigo.
Joseph Kimble recopiló antecedentes en Writing for Dollars, Writing to Please (1996–1997). Un estudio iniciado en Michigan en 1987 y replicado en Florida, Luisiana y Texas reunió 1,462 respuestas de jueces y abogados: la preferencia por las versiones claras de párrafos jurídicos osciló entre 80 % y 86 % (pp. 19–20). Es evidencia histórica de preferencia de lectura.
Para preparar la traducción, conviene identificar la versión vigente, los idiomas y jurisdicciones de origen y destino, y su uso previsto. Eso permite distinguir qué puede resolverse mediante redacción en el idioma de destino y qué necesita confirmación. La claridad es útil cuando ayuda a seguir el contrato conservando sus condiciones.
El criterio de revisión es concreto: el lector debe poder identificar quién debe hacer qué, cuándo y con qué excepciones, sin que la traducción añada o suprima condiciones. Si esa relación no puede determinarse en el original, corresponde formular la consulta antes de cerrar la traducción.
Revisaremos el alcance y cómo atender las consultas sobre el original antes de comenzar.